Estoy completamente enamorada del olor de mi iglú. Me ha venido a la cabeza la primera vez que entré. No creí jamás que un lugar así pudiera hacerme sentir tan bien en un futuro. Enciendo la luz pequeñita, me pongo los cascos y escribo sentada en la cama sin parar. Es la mejor terapia: un cigarrito mientras miro cómo nieva, luego prendo una barra de incienso y a escribir. Así no me acuerdo del frío ni de la oscuridad, aquí todo brilla sin necesidad de que sea oro. Las horas pasan muy rápido y más cuando estoy sentada en mi colchón. No me imagino volver a dormir en mi cama de Madrid, tan lejos del ras del suelo y de Finlandia. Me conformo con que a nadie le falte pan, vino, carne, o alguna esperanza; la mano de un amigo o, en el peor de los casos, un tiro de gracia.
Supongo que esta entrada no os alegrará el día, no mejorará en ningún aspecto vuestras vidas, no os hará millonarios y tampoco sonará en la radio. Sólo cuenta pensamientos absurdos que quieren convertirse en los mejores recuerdos.
La vela encendida en mi mesilla y la nueva lista Spotify os dan las buenas noches.

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