miércoles, 15 de mayo de 2013

O2


Y ahí lo tienes, el pesado de turno que te jode la velada repitiendo que va a ser “la última vez que”.  Y ya no quedan meses, ni muchas semanas, sólo atardeceres que espero que duren eternamente. Eternamente porque este año me he repetido mil veces que estoy exactamente cómo quiero estar. En casa hemos empezado a hacer limpieza general antes de que Kroline deje el piso, también hemos devuelto las flores que daban vida a nuestra cocina aunque no olieran a nada.
Mañana tengo el último examen y eso significa que en cuanto termine el tiempo se invertirá en contemplar y despedir. Somos un grupo de gente muy distinta al que lo que le une es haber experimentado la sensación de felicidad en estos bosques y lagos. Da igual si te rompes una pierna o te tiembla el corazón, la cosa es que todo rebosa con tal intensidad que da miedo que frene y no sepas cómo derrapar para no caer. No sé si sabré volver a vivir en aquella cueva que sigue con las paredes blancas, no sé si mis desayunos volverán a basarse sólo en café, tampoco sé si me apetecerá hablar todo el rato en castellano o ver esas noticias que sólo cuentan desgracias.
¿Me costará respirar lo mismo que me costó adaptarme al exceso de O2? ¿Y Nunu? Me da igual que viva en Madrid, porque aunque la echo de menos, a lo mejor soy yo la que no quiere vivir ahora allí.
Siempre hay alguien que te dice “no vuelvas hablando sólo de aquello”, pero y qué quieres que hagamos. Dime. Es duro y todavía no lo he comprobado.


lunes, 13 de mayo de 2013

RUSSIA. Chapter 1

Sólo el que viaja sabe lo placentero que es guardar todas esas millas en imágenes cuando, por fin, se relaja. Rusia no es tontería, sus trenes tampoco. 
El viaje empezó en un tren desde Vainikkala (cerca de Lappeenranta) a San Petersburgo. Allí nos reuniríamos con la mejor moscovita, Olga Sycheva. Muchas rozaduras, noches en hostales y ampollas después descubriríamos el encanto de la Rusia más europea. El Hermitage, vivir el día de la victoria, CCCP, hoz y martillo, vodka, discotecas que son casas ocupas, la ausencia del inglés, 20 kilos de mochila a la espalda, ausencia de higiene, sed, calor, contaminación, ruido. Rusos. 
Mejor patear que pagar.
Los rusos nunca me han gustado, pero sus ciudades son otra cosa... Tanta historia acongoja, y sentarse en la Plaza Roja y divisar las 7 torres de Stalin embriaga a cualquiera. En este viaje hemos estado cerca de desmoronarnos del cansancio, pero aún así hemos unido más lazos que nunca. Nos hemos prestado ropa y hemos dormido en un tren de mala muerte rodeados de niños rusos bebiendo vodka. Hemos sudado y nos hemos duchado juntos. Me gusta viajar así, nada de viajes organizados, mapas y roña. 
Prometo escribir más sobre este viaje. Ahora dejo algunas de las fotos que hablan mejor que las letras.