Y
ahí lo tienes, el pesado de turno que te jode la velada repitiendo que va a ser
“la última vez que”. Y ya no quedan
meses, ni muchas semanas, sólo atardeceres que espero que duren eternamente.
Eternamente porque este año me he repetido mil veces que estoy exactamente cómo
quiero estar. En casa hemos empezado a hacer limpieza general antes de que
Kroline deje el piso, también hemos devuelto las flores que daban vida a
nuestra cocina aunque no olieran a nada.
Mañana
tengo el último examen y eso significa que en cuanto termine el tiempo se
invertirá en contemplar y despedir. Somos un grupo de gente muy distinta al que
lo que le une es haber experimentado la sensación de felicidad en estos bosques
y lagos. Da igual si te rompes una pierna o te tiembla el corazón, la cosa es
que todo rebosa con tal intensidad que da miedo que frene y no sepas cómo derrapar
para no caer. No sé si sabré volver a vivir en aquella cueva que sigue con las
paredes blancas, no sé si mis desayunos volverán a basarse sólo en café, tampoco
sé si me apetecerá hablar todo el rato en castellano o ver esas noticias que
sólo cuentan desgracias.
¿Me
costará respirar lo mismo que me costó adaptarme al exceso de O2? ¿Y Nunu? Me
da igual que viva en Madrid, porque aunque la echo de menos, a lo mejor soy yo
la que no quiere vivir ahora allí.
Siempre
hay alguien que te dice “no vuelvas hablando sólo de aquello”, pero y qué
quieres que hagamos. Dime. Es duro y todavía no lo he comprobado.